La cartase mueve contigo.
Baja despacio. No es un vídeo que se reproduce: cada milímetro de scroll es un fotograma. Si paras, se para.
Baja para moverla
La carta abierta
Se abre, y los platos ya están fuera.
La misma carta que dejas en la mesa. Lo único que cambia es que el pescado deja de estar impreso y se levanta del papel.
Un plato, de cerca
El papel se rompe donde está el nigiri.
No es una foto pegada encima: el borde impreso se curva y se convierte en arroz. Esa costura es todo el truco, y es lo que hace que el cliente se pare.
En el móvil
De pie cabe entera en un teléfono.
Cuatro platos en columna, cada uno saliendo de su línea. Es el formato que se comparte por WhatsApp y el que se ve desde la calle.
Lo que cambia cuando la carta se ve.
El pescado no se explica
Se enseña. Un uramaki descrito en una línea de texto y un uramaki que ocupa media pantalla no venden lo mismo.
La carta que ya tienes
Con tus nombres y tus precios. No se cambia nada: se le añade lo que el papel no puede hacer.
Se decide fuera
Quien ve la barra desde la calle entra sabiendo lo que va a pedir.
Nada de banco de imágenes
Tu pescado, tu barra, tu luz. Dos sushi bars no llevan el mismo nigiri.
En la mesa
Que entren sabiendo lo que van a pedir.
Cuando la carta llega a la mano, la decisión ya está tomada.
